2.6.08

¡Los espectros… de la Batalla de Chorrillos! (IV de IV)

Eternos defensores de la patria... F. Illuminatti
Dos meses después de lo sucedido, nuestro historiador regresa al morro acompañado por un alumno suyo. No sabemos porque, a las dos semanas vuelve a subir solo. En un primer momento, lo hacía en horas de la tarde; quedándose alejado de las zonas de combate y examinándolas con binoculares. Al crepúsculo, comenzó a ver nuevamente las formaciones fantasmales. Luego de muchas semanas, se acerca, cada vez más a ellas; mientras dejaba que fuera oscureciendo. Y así, sucesivamente, hasta que, pasados algunos meses; se sentaba en la explanada del campo de batalla observando el cuadro fantasmal completo. En ocasiones, durante toda la noche, sin que le sucediera nada. Lo que si pudo sentir (Salcedo), es la profunda abnegación de los combatientes. El odio mortal, flotando entre las piedras. El dolor desgarrador de los heridos, así como los estertores de los que mueren, -sin conciencia alguna-, como masas de carne que dejan de palpitar, sin comprender nada de la realidad, ni del trance en que están. Finalmente, arribó a una conclusión: Los descarnados en circunstancias violentas, continúan toda la eternidad sin saber que han muerto, repitiendo sus mismas últimas acciones, al haberse quedado atrapados en un instante entre dos tiempos: pasado y futuro. Se preocupa, y finalmente cae en desesperación, por estos seres que, en un desprendimiento máximo por su patria, han dado su vida y se encuentran en tan horrible situación. Salcedo, a veces siente; como, unos vientos helados atraviesan el campo de batalla buscando venganza, cargados de odio y en sed de sangre. Durante, más de treinta años, revisa bibliografía sobre ángeles y demonios, sobre el cielo y la tierra, incubos, súcubos y toda la pléyade fantasmal. Estudia espiritismo, sobre la vida en ultratumba, habla con curas, visita chamanes y brujos, toma san pedro, y aprende sobre la ayahuasca, estudia ocultismo, lo intenta todo... Finalmente, cae en cuenta que, la única forma de poder comunicarse con ellos, es que alguien muerto los haga comprender. Alguien que, como un emisario, parta de este mundo a sacarlos de ese sufrimiento eterno. Piensa, que solo así, podrán repetir por última vez su pasado (la batalla), entender su presente (su muerte en 1881) y avanzar hacia su futuro (el descanso eterno) Pero, eso no soluciona el problema ¿como hacerlo? ¿Quién lo haría? Descubre, con años de estudio y mucho cansancio; que sólo, cuando él muera, podrá recorrer esos lugares. Donde ha pasado más de la mitad de su vida, donde ha aprendido a querer y venerar el sacrificio de tanto joven, y a vivir entre ellos. El, les hará comprender lo que no saben, y los rescatará de esta especie de maldición que padecen. Una mañana de abril -de hace diez años-, encontraron a Johan Salcedo; sentado, recostada la espalda en un peñasco, mirando hacia el centro de la explanada de la resistencia final, en el Morro Solar. Murió, durante la noche, de una neumonía fulminante. Lo extraño es que, en su rostro había una sonrisa de paz y beneplácito. Había partido a reunirse, después de treinta años de investigar el morro, con los muertos que tanto amo. No sabemos, si logró su propósito de salvar las almas de los combatientes. Pero, aún hoy, se pueden ver después del crepúsculo, en la oscuridad del morro, sombras gallardas que como celosos guardianes eternos defienden la patria. Tal vez, junto a ellos, se encuentre el espíritu del viejo Johan, en su terco empeño de salvarlos…
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¡Los espectros… de la Batalla de Chorrillos! (III de IV)

Una ciudad levantada en un campo de batalla... F. Illuminatti ¡Agitado y, medio muerto por el miedo; llega a la calzada que baja hacia la ciudad! Rayaba el amanecer, cuando sorprendidos transeúntes, lo observan bajar por la pista del morro, con la ropa totalmente asquerosa, mojada y hecha harapos. La cara y cabello; llenos de tierra y sudor, heridas sangrantes en rodillas y codos; además, rengueaba de la pierna derecha, como producto de la rodada que casi lo hace despeñarse. Mientras él, en un estado más que deplorable, daba pequeños pasos temblorosos, conservando un gesto de horror en los ojos que, alteraba al más calmo. El costal de yute, se quedó en la altiplanicie; del morral, sólo la cinta totalmente deshilachada colgando del hombro, y en la mano derecha una pequeña linterna barata que permanecía prendida e intermitente. Se acercan a él; para ofrecerle un médico o llevarlo a la asistencia pública, pero se negó. Quería dar parte a las autoridades, así que lo trasladaron en un coche a la comisaría. Menudo alboroto, se armó allí, cuando lo vieron ingresar en ese estado. ¿Qué le ha sucedido doctor?, le interrogó el sargento de turno -en la puerta-¿lo han asaltado?... ¡Quiero hablar con el comisario!, ¡quiero hablar con el comisario! respondía mecánicamente, Salcedo. Lo dirigieron hacia la oficina del Comandante Briceño, a la sazón, Comisario de la localidad; quien, lo hizo pasar inmediatamente, lo acomodo en un confortable de espera, y ordeno que se le trajera una bebida caliente. -Pero, por amor de Dios... ¿Qué le ha pasado Salcedo?…no me diga que ha estado toda la noche en el morro… -¡Si!,… ¡si!,... Comandante, hay,… ¡soldados!,…en el morro,… ¡soldados muertos!… el ejército… ¡la guerra!… ¡muertos, espectros!… ¡horrible!… -Cálmese, Salcedo, cálmese hombre, que le va a dar un infarto… teniente López, que venga el enfermero (ordeno Briceño) Tomé,… -le alcanzó un té caliente que le habían llevado de la cafetería-. El historiador, lo bebió espaciadamente, porque estaba bastante caliente… -Tiene un piquete de alcohol… -musitó- -Salcedo, así como está usted, yo debería darle una botella de pisco,… pero estamos en una comisaría, no en un bar (el comandante rió) Comenzó, Salcedo, la narración de su horripilante aventura, en momentos afloraban a sus ojos algunas lágrimas que trataba de contener vanamente… Luego de escucharlo, por más de veinte minutos; el comisario, sin darle mayor trascendencia, le espeto sonriente: -Bueno, mi estimado Salcedito, cuando usted llegó aquí a hacer sus investigaciones, le advertimos… yo, se lo recalque personalmente,... nunca se quede después de las cinco en el morro… ¿Recuerda? Salcedo, inmediatamente se vio, como transportado a ese momento… ¡Si, efectivamente, se lo había dicho! Y, él, doctor al fin,… soberbio; no lo tomó en cuenta… no le dio importancia… ¡lo había olvidado! -Ya ves, mi estimado Johan el cuco existe, y aquí en chorrillos hay miles. Con decirte que, hacemos ronda de guardia nocturna, solmente en la carretera del morro; y, en vehículos nomás. A pie en el morro, de noche ¡ni de vainas! Se apersonó, el enfermero. -Que pasó técnico Jiménez… ¿Usted viene cuando le da la gana?… ladró Briceño… -No, mi comandante. Lo que sucede es que, vi que estaba conversando con el doctor, por eso esperé… -Bueno, se lo encargo Jiménez. Me lo atiende, lo cura, le da su agüita de azahar y esas vainas. Chao, nos vemos doctor… Ahh., y haga caso, nunca se quede después de las cinco, ya ve lo que le pasó… Las últimas expresiones del comandante -las sintió (Salcedo) como una suerte de mofa-. El técnico, lo condujo hacia la enfermería de la comisaría, le prestó el baño para que se lave, luego, le practicó algunos curetajes urgentes. En una camioneta de la policía, lo llevaron a la asistencia pública. Donde, lo examinaron, le colocaron unas inyecciones y vacunas, tomaron algunas radiografías y análisis, para descartar males mayores. En vista de su estado, le dieron descanso médico por quince días, no solo por los daños físicos, sino también por el fuerte shock nervioso que había sufrido. Pasados algunos días, Salcedo, comento con algunos chorrillanos su espeluznante aventura, pero no se sorprendieron mucho. Decir, que penan en Chorrillos, es como decir que hay uvas en un viñedo. (Continuará)
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¡Los Espectros… de la Batalla de Chorrillos! (II de IV)

Soldados de... ultratumba F. Illuminatti Bueno, al menos traje mi linterna –musitó-. La extrajo del morral que, lo acompañaba como fiel amigo, en sus eternas jornadas de investigación; descolorido a más de remendado, mostraba ya los signos de un envejecimiento digno. ¡Menuda linterna! -exclamó-, mientras desentornillaba la parte de atrás, para poner las pilas en orden. Y, realmente que era de aquellas insignificantes; la luz, escasamente le permitía ver por donde caminaba. La ruta era complicadísima. A la explanada de tierra, en la cima, que debía cruzar en su totalidad; le sucedían los linderos del descenso -entre tierra muerta y piedras sueltas de bordes cortantes- que el tránsito de los caminantes había ido forjando. Así como, zonas de grandes peñas filosas con caídas de varios metros. Ataviado, Salcedo, con sus botas desgastadas pero cómodas, las piernas del jean metidas en ellas; su casaca abierta tipo militar y, un kepí que protegía su rostro del sol. El morral sobre el hombro, un costal de yute -donde guardaba todo lo que había recogido en el día- en la mano izquierda y, la linternita en la derecha; iluminando lo mejor que podía la ruta a seguir. … algo, lo inquietaba… más y más… conforme transcurrían los segundos… de pronto cayó en cuenta de ello… ¡el silencio!… podía escucharlo… ¡el silencio!… Era tal, la magnitud de la nada auditiva, que se percató de ello… ¡Qué extraño! (pensó), mientras de su estomago subía, lentamente a su garganta, una suerte de nudo. Conforme avanzaba, se hundía en una especie de película sin colores. Que,… hasta el negro de la oscuridad y la noche, pasaban a convertirse en algo indefinible, algo, como de un gris plomizo,… ¡una coloración inexistente!… Como,… si los colores, se hubieran desprendido de las cosas y flotaran alrededor de ellas. Una niebla fría se despegaba del suelo o bajaba hacia él…, no podía precisarlo. Quiso recuperar valor y darse ánimos, -exclamó algo-… pero las palabras murieron en sus labios… ¡ni un sonido!, sus labios solamente se movían. … intentó una oración… ¡ni un sonido!, sin embargo, el aire fluía de su boca como vaho,… pero no su voz… ¡OH, Dios!... ¡gesticulaba!… ¡sólo gesticulaba!… como si una suerte de cuchillo misterioso, cortara el sonido de sus palabras… ¡transformándolas en… silencio! Como si en aquel lugar, dentro de la inmensidad del universo, las leyes de la realidad se fueran diluyendo con cada uno de sus pasos. Los hombros, se le vencían ante el peso de una carga invisible, pero, no por eso menos tenebrosa. A su rostro, fue aflorando una rigidez que no conocía y, su cuerpo todo, adquirió un movimiento torpe, como si sus coyunturas fueran presas de alguna forma de óxido y estuvieran endureciéndose… ¿Tal vez estaba muriendo?… ¡Allí, sin nadie que lo auxilie! Lo asalto, una sensación de vacío en las tripas y, levantó la mirada del piso. Una opresión en el tórax y, un latido brusco del corazón, como si hubiera pegado un brinco para echarse en una desaforada carrera dentro de su pecho. …¡Frente a él!, en la mitad de la explanada, se encontraba un batallón de otra época, listo para pelear, una vez más,… ¡una batalla que ya habían peleado!… incontables veces. Sus ojos, desorbitados, un grito horroroso que su garganta lanzó…y que nunca llegó a cristalizarse en el viento helado de la noche… ¡Más silencio!…y… ¡Ni, siquiera el consuelo de poder gemir! La linterna cayó de su mano, también el costal, se agachó a recogerla como pudo, ¡sudaba!… ¡estaba empapado!… ¿era la niebla húmeda o su sudor helado, el que le pegaba la ropa al cuerpo?… ¡no podía pensar!... ¡actuaba por reflejos!… Debía, salir de allí a cualquier costo. Pero, estaban frente a él, formados, inmóviles; sombras gallardas, en medio de una noche sin luna. ¿Regresaban de adonde? o ¿Siempre habían estado allí, luego de la batalla? No se les veía rostro, pero algo le decía que eran jóvenes, muy jóvenes. Dudó, entre: atravesar la planicie o no… Pensaba todo junto, al mismo tiempo; como si en vez de tener un solo cerebro, éste se hubiera multiplicado varias veces. ¿Y, si lo veían?… ¿Y, si lo seguían?… ¿Y, si no lo dejaban pasar?… y… ¡Si lo atacaban!…y,…y,… ¡Si… moría! ¡Si,… era terror!... ¡Un terror que, no tenía cuando acabar! Eran, escasamente, las ocho de la noche. No podía esperar el amanecer, o ¿si podía? Pero, estaba parado en medio de una explanada, en la cima de un morro de seiscientos metros de altura y; de más de seis kilómetros de perímetro. Absolutamente a oscuras, aterido de frío; completamente mojado y rodeado de presencias fantasmales. ¡No!… ¡No podía! Imaginó, que su situación era superable, ¡estaba pensando mejor! … Cuando, un ruido lejano, lo conmovió nuevamente sacándolo de sus cavilaciones. La escena, de nuevo cambió, y a la quietud anterior se agregaron los ruidos de miles de personas en la zona. El aire, mudó una vez más, convirtiéndose en algo denso, como una especie de fluido; algo entre graso y gomoso, que podía sentirse en el cuerpo y asirse entre los dedos. No le quedaba claro, si, en realidad era así, o él era quien lo percibía así; pero… pero ¿Que realidad?... no… ¡Seguía mal!… y no, ¡No estaba pensando mejor!… ¡Pero, si no entendía nada! Las columnas militares que veía, tenían la característica de no tocar el piso; como si se desplazaran, sobre una nube a ras del suelo. El sonido, de los hombres marchando, era cada vez más intenso. …¿Pero que hombres?… ¡Eran espectros! ¡Otro destacamento! -desembocaba a la altiplanicie, por la derecha de donde él se encontraba-. Cuando,… notó que se posicionaban cerrándole la posibilidad de cruzar, lo que restaba de explanada, hacia los senderos de descenso; sintió que se desmayaba. …Pero, un hedor insoportable a putrefacción, lo trajo nuevamente a la “realidad” Desesperado. Observa, a los soldados fantasmales del destacamento que permanece frente a él, imperturbables. Como, una especie de estatuas en la penumbra de algún camposanto perdido en el tiempo. Comprende, a la sazón, que no lo toman en cuenta, o tal vez no lo ven; o, quizá por su indumentaria creen que es uno más de ellos. Siente, que las sienes le palpitan; y un dolor de cabeza se le clava en el cerebro, como agujas quemantes. Cada instante que transcurre, torna las circunstancias más complicadas y difíciles. Así, las cosas, se aventura a proseguir su camino. Atravesando, el resto de la explanada, por la parte trasera del destacamento; con los ojos fijos en el suelo y, lo más alejado posible de ellos. La linterna, comienza a parpadear; lo cual le ocasiona varias caídas, y casi desbarrancarse por uno de los lados del morro. (Continuará)
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¡Los espectros… de la Batalla de Chorrillos! (I de IV)

La batalla… primeras apariciones F. Illuminatti
Los descarnados en circunstancias violentas, continúan toda la eternidad sin saber que han muerto, repitiendo sus mismas últimas acciones, al haberse quedado atrapados en un instante entre dos tiempos: pasado y futuro. A fin, de poder colocarlo en autos de lo que sucedió allí, y comprender mejor la historia que les contaré… Ruego, al amable lector, me siga en un breve esbozo sobre la Batalla de Chorrillos. En la cual, miles de soldados perdieron la vida. Y, convirtió la localidad del mismo nombre, en un enorme cementerio… ¡Allí se levanta la ciudad actual! En 1881, en Chorrillos (localidad y bahía de pesca artesanal, situada al sur de Lima, capital del Perú) se encontraban frente a frente, los ejércitos: chileno, que venía derrotando en sucesivas batallas al ejército peruano y; las últimas reservas de éste defendiendo la capital. Se inició el combate a las seis de la mañana Los peruanos, en una larga y absurda línea defensiva de varios kilómetros que atravesaba pampas y zonas desérticas; finalizando en Chorrillos y el Morro Solar (es éste una muralla de roca y tierra de seiscientos metros de alto, y varios kilómetros cuadrados que se hunde en el mar; flanquea la parte sur de la localidad).
En la zona norte de Chorrillos, el Presidente con una reserva de diez mil soldados. Como tenía que ser, la línea defensiva fue rota, tomando a los defensores por la retaguardia. A las diez de la mañana, el presidente peruano dio la batalla por perdida ordenando la retirada. Marchándose con sus diez mil soldados de reserva -que nunca combatieron- Los chilenos, sabedores de ello, desarrollaron una operación envolvente sobre Chorrillos. Los restos del ejército peruano, que aún combatía; se reagruparon y replegaron sobre Chorrillos y el Morro Solar. Uniéndose a los contingentes que allí se encontraban Dispuestos a continuar la lucha, al mando de sus oficiales. Los chilenos perplejos, comprenden que la batalla que habían ganado a las diez de la mañana, deberían seguir luchandola. Se inicia así la segunda parte del choque militar. La batalla por Chorrillos y el Morro Solar. El cual es defendido por los restos de la infantería peruana con una pieza de artillería.
Atrincherados desde las faldas del morro y, sometidos al feroz fuego de la marina chilena -acoderada en la bahía junto al morro- Mientras las tropas chilenas, mucho más numerosas y, con ochenta piezas de artillería de campaña; trepaban al asalto. El final, tomó a los combatientes entre las sombras del anochecer. Hacía horas que, sin municiones, los peruanos defendían sus posiciones a la bayoneta. Cerca de las siete de la noche cesaba la batalla, el morro había sido tomado en una espantosa carnicería. Después de ello; el odio y la venganza, por el alto costo de la victoria (nunca en la historia de esa guerra, Chile tuvo tantas bajas), se abrieron paso entre los vencedores.
Los cuales arrasaron la ciudad de Chorrillos, fusilando a los ancianos, abusando de las mujeres y dedicándose a la bebida y el pillaje. Incendiada toda la ciudad, se observaba a la distancia como una gigantesca hoguera. Entrada ya la noche, los bomberos salieron para tratar de apagar los incendios, no pudieron hacerlo, fueron detenidos y fusilados… El día siguiente amaneció con el morro distinto. A lo lejos se veía como un gigantesco nacimiento con miles de flores blancas y rojas.
Eran los cuerpos de los soldados peruanos muertos, con sus uniformes blancos bañados en sangre. Ese pueblo tantas veces traicionado por oligarcas y gobernantes egoístas, pagaba con sus mejores hijos. Quienes morían envueltos en los mismos colores de su bandera, uniforme y sudario patrio. Parecía una ironía del destino o tal vez una condecoración póstuma de él. Hasta la actualidad, se pueden encontrar huesos y calaveras, en las pampas donde se desarrollo la batalla; en Chorrillos y el morro Solar. Johan Salcedo, antropólogo e historiador. Estudiaba in situ, el desarrollo de la Batalla de Chorrillos Luego de algunas evaluaciones, había decidido abocarse al campo de batalla principal, el Morro Solar (con alturas diversas y todo tipo de accidentes en el terreno) Exploraba los terrenos donde se desarrollo el hecho, en busca de documentos, armas, uniformes y huesos que iba desenterrando, listando y clasificando; con la intención de constituir un museo de sitio. Pasaba extensas jornadas en sus revisiones y búsquedas. Le atardecía algunos días. Y, en esa semi oscuridad le parecía, en ocasiones; atisbar a la distancia, formaciones y batallones militares que se desplazaban en forma “extraña”. Consideraba, que las sombras de la noche que se avecinaba, le jugaban una mala pasada a sus fatigados ojos, castigados tantas horas por el sol, el aire y el polvo o que eran producto de su imaginación al trabajar solo, en parajes tan extensos. Así, transcurrieron varios meses, hasta un viernes de abril. Ese día, le sorprendió el pasó del tiempo, había transcurrido tan abruptamente. No se percató de la hora, pues, estaba bajo un sol esplendoroso y, de un momento a otro, se ensombreció todo. Para luego ser devorado por la noche. Salcedo, estaba en la explanada que existe en la cima. En la parte más alejada a la ciudad y, que colinda con la bahía. Ahora, se encontraba con la ingrata tarea de tener que cruzar, a oscuras; todo lo que fue el campo de batalla. Y, descender hasta tomar la calzada que lo llevaba a la localidad… (Continuará)
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